
Tus manos se aferran a las suyas con fuerza, intentando impedir que se escape. Pero él es más fuerte, siempre lo has sabido.
Le clavas las uñas en las palmas de las manos, pero ni eso le hace inmutarse, al contrario, parece aún más lejano, más inerte.
Escuchas de nuevo ese sonido tan aterrador y una lágrima desciende tímida por tu mejilla. Pero no es momento para avergonzarse.
Le sueltas y le miras a los ojos, esos que estaban tan llenos de vida y que ahora solo miran al vacío, ese vacío que os rodea.
Te acercas un poco más a él y le abrazas, por fin. Ahora es cuando tienes valor para hacer tantas cosas que deberías haber hecho y nunca hiciste. Pero no es momento de arrepentirse, ni de avergonzarse, ni de ponerse melancólico.
Tú estás aquí porque lo has querido y lo único que has conseguido es que él se vaya.
Como si en realidad nunca hubiera estado, como si nunca lo hubieras conocido.